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MISERICORDIA DIVINA

Fragmentos del libro
MISERICORDIA DIVINA EN SUS OBRAS
del padre Miguel Sopocko

“Los pensamientos de la gente sobre Dios son muy nebulosos, ya que “Nadie ha visto jamás a Dios” (J, 1, 18). (...) Si nunca hubiéramos visto el sol y solamente hubiéramos juzgado sobre él por la luz que hay en un día nublado, no seríamos capaces de crear una idea detallada de la fuente de la luz diaria. O si nunca hubiéramos visto la luz blanca y solamente la hubiéramos conocido por  los siete colores del arco iris, no podríamos conocer la blancura.
De modo parecido nosotros mismos no podemos crear un concepto del ser Divino,
y sólo podemos conocer sus perfecciones en el estado del múltiplo y de la división, mientras que en Dios ellas son absolutamente una unidad simple.

Dios, como un ente más perfecto- es el espíritu más limpio y más sencillo, es decir no contiene en sí partes integrantes.
(...) No hay manera de que examinemos a fondo todas las perfecciones referentes
a la esencia de Dios. Son muchas y difíciles para conocer. (...). De todas las perfecciones el Señor Jesús distingue una de la cual, como de una fuente, nace todo
lo que existe en la tierra y en lo cual Dios quiere ser adorado por toda la eternidad.
Es la misericordia de Dios. “Sed misericordiosos...” (Lc 6, 36
).

La misericordia Divina es una perfección de Dios, que se inclina hacia los seres inferiores para sacarlos de su miseria y suplir sus faltas,- es Su voluntad para hacer bien a todos los que sufren algunas carencias y por si solos no son capaces de completarlas. Un acto singular de misericordia es compasión, y el estado de compasión permanente es misericordia. La actitud Divina hacia las criaturas se revela en quitar carencias y conceder perfecciones más grandes o más pequeñas. El don de las perfecciones meditado en sí mismo, independientemente de cualquier circunstancia es obra de la bondad Divina que a cada uno, distribuye dones, según Su afición.

Vemos en Dios un desinterés total en el repartimiento de beneficios y lo atribuimos a la generosidad Divina. El cuidado de Dios para que, con ayuda de los beneficios recibidos, lleguemos al fin escogido para nosotros, llamamos la Providencia. Distribuir las perfecciones según el plan y el orden fijado con anterioridad es obra de la justicia.
Por último el distribuir de perfecciones a las criaturas para sacarlas de la miseria y para eliminar sus carencias es obra de la Misericordia.

No en cada ser la ausencia es su miseria, ya que a cada criatura se le debe solamente eso, que Dios anteriormente había previsto y había decidido. No es, por ejemplo, la infelicidad de una oveja el no tiener intelecto, tampoco la miseria del hombre consiste en la falta de alas. En cambio la falta del intelecto en el hombre o de las alas en un ave será su tragedia y miseria. Todo lo que Dios haga para las criaturas lo hace según un orden debido, previsto y decidido, lo cual constituye la justicia Divina.

Pero ya que ese orden, había sido recibido totalmente de buen grado y no había sido dictado a Dios por nadie, por eso, en el establecer un tal y no otro orden, hay que advertir también la obra de la misericordia.
Por eso, penetrando en las causas primeras y en los motivos de la actividad Divina, vemos la misericordia como foco de cada acto en el exterior. Porque si las criaturas se merecen algo, es solamente por una resolución previa. Ya que no se puede retroceder así hasta el infinito, hay que pararse en eso que depende sólo de la voluntad Divina, es decir de la misericordia Divina. En cada obra de Dios, dependiendo de nuestro modo de ver las cosas, se pueden ver las mencionadas perfecciones Divinas.

Por ejemplo, la salvación de Moisés, puesto en la cesta en las aguas del Nilo, en conceptos generales, independientemente de cualquier circunstancia, llamaremos la bondad de Dios. En cuanto al desinterés de Dios en esa salvación, la salvación que no Le era necesaria, y que el niño mismo no merecía, es obra de la generosidad Divina.
La salvación de Moisés por el motivo de que Dios había decidido sacar a los Israelitas
de Egipto, llamaremos la justicia Divina. El velar por un niño en el río, abandonado y expuesto al peligro, atribuimos a la Providencia Divina. Por fin, el sacar al niño de la miseria, del abandono y de muchas faltas y otorgarle muchas perfecciones en forma de adecuadas condiciones de vida, del desarrollo, crianza, educación, es obra de misericordia Divina.

Debido a que en cada uno de los momentos mencionados del ejemplo nos llama la atención la miseria del niño y las diversas carencias, podemos decir que la bondad Divina es misericordia, que crea y que da; la generosidad Divina es misericordia que da liberalmente sin méritos, la providencia Divina es misericordia que vigila, la justicia Divina es misericordia que premia por encima de los méritos y castiga menos que las culpas; por fin el amor de Dios es misericordia que compadece a la miseria humana y nos atrae hacia ella. En otras palabras, la misericordia Divina es el motivo principal de la actividad de Dios en el exterior, o sea es el origen de cada obra del Creador.

En cada libro de la Sagrada Escritura, del Viejo y del Nuevo Testamento, hay una mención sobre la misericordia y piedad Divina entre diez y veinte veces, y la mayoría de ellas, y las más convincentes, están en el Libro de Salmos.  De los 150 Salmos 55 glorifican particularmente esa perfección de Dios, y en el Salmo 135 se repite como un estribillo en cada verso: “porque es eterna su piedad.”

En toda la Sagrada Escritura se encuentran más de 400 pasadizos, glorificando directamente la misericordia Divina, en el libro de los Salmos son 130. Muchos más fragmentos cantan indirectamente la misericordia de Dios. No se complace con la palabra “misericordioso”, sino que se da toda una lista de sinónimos, como si se quisiera hacer más fuerte nuestra convicción de lo infinita que es la misericordia Divina

¡A quién no le sorprenderá la abundancia de las expresiones de la Sagrada Escritura sobre la misericordia Divina! ¿Quién no preguntará por qué el autor inspirado lo hace? Vemos en esto el deseo de Dios de darle a la gente Su misericordia y despertar en ellos la confianza. Dios desea enseñarnos sobre Su vida interior, sobre Su actitud hacia las criaturas, particularmente hacia la gente. Dios desea ser adorado por nosotros en la misericordia, para que Le imitemos en las obras” (Tomo I, p. 5-16)


EL CULTO A LA MISERICORDIA DIVINA

“El amor de Jesucristo hacia nosotros es divino y humano a la vez, ya que Él tiene una naturaleza y una voluntad divina y humana. Por eso el Santísimo Corazón del Salvador lo podemos tomar por el símbolo de Su triple amor hacia nosotros: divino, humano espiritual y humano sentimental. Sin embargo, este corazón no es una imagen formal, es decir una señal, sino, por decirlo así, su huella. (...) Ya que ninguna imagen creada es capaz de presentar el quid del infinito amor misericordioso, como lo expresa Pío XII en su encíclica “Haurietis aquas” de 15 de mayo de 1956.

En el culto del Santísimo Corazón de Jesús adoramos sobre todo el amor humano
de Jesús al género humano, junto a Su amor divino a nosotros, que, como el amor
a la miseria, es la misericordia Divina. En ese culto pues adoramos sólo una huella
de la misericordia Divina, que sólo está relacionada a esa devoción. En el culto
de la misericordia Divina un objeto material más cercano es la sangre y el agua
del costado del Salvador abierto en la cruz. Ellas son el símbolo de la Iglesia.

(...) La sangre y el agua brotan sin cesar en la iglesia en forma de gracias que limpian
el alma (en el Sacramento del Bautismo y de la Penitencia) y que son vivificadoras
(en el Sacramento del Altar), y su autor es el Espíritu Santo, que el Salvador había otorgado a los Apóstoles. (...) El objeto formal de este culto, es decir su motivo,
es la infinita Misericordia del Padre, Hijo y del Espíritu Santo para el hombre caído.
Es el amor de Dios al género humano en un sentido más amplio, pues no es amor
por la predilección por la perfección, sino el amor compasivo por la miseria…

(...) De lo dicho resulta que el culto a la misericordia Divina es la lógica consecuencia
de la devoción al Corazón de Jesús con el cual había estado relacionado, pero ahora está aparte y no se identifica con él, pues tiene otro objeto material y formal y totalmente otro objetivo: se refiere a las tres Personas de la Santísima Trinidad y no sólo a la Segunda como aquel, y se corresponde más al estado psíquico del hombre de hoy, al que le hace falta la confianza en Dios. JESÚS EN TI CONFÍO, y por Ti confío en el Padre y en el Espíritu Santo” (Tomo II, p. 204-205).

La devoción a la misericordia Divina – a la misericordia con la que nos obsequia Dios en el Sacramento de la Penitencia- pertenece a los cultos que corresponden a todas las almas. Pues tiende ella a adorar el Misericordioso Salvador no en algún específico estado o misterio Suyo, sino en Su misericordia universal, en la que todos los misterios encuentran la explicación más profunda. Y aunque esa devoción es claramente un culto aparte, contiene en sí algo universal. Pues nuestro homenaje se dirige a la adorada Persona de Dios Hombre.
Lo expresa el acto de oración: JESÚS EN TI CONFÍO, que inspira en el hombre la conciencia de su miseria y pecaminosidad y la virtud de la confianza que es la base de nuestra justificación” (Tomo II, p. 263).


LA CONFIANZA

Un factor decisivo para recibir la misericordia de Dios es la confianza.
Ella  es la expectación de una ayuda de alguien. No constituye una virtud por separado, sino que es una condición necesaria de la virtud de la esperanza y la parte integrante de la virtud de la valentía y de la magnanimidad. Ya que la confianza deriva de la fe, aumenta la esperanza y el amor, y además, en ese u otro modo está relacionada con las virtudes morales, por eso se la pude llamar la base en la que las virtudes teológicas se unen con las morales. Las virtudes morales de las naturales se convierten en sobrenaturales, siempre cuando las practiquemos con confianza en la ayuda de Dios.

La confianza natural- como la esperanza de la ayuda humana- es el fundamento
de la vida del hombre. Recordemos por lo menos el cerco de Zbaraz, Chocim (Polonia)
y otros sitios fortificados, dónde los asediados aguantaron con heroica perseverancia los ataques del enemigo mas horrendos, soportando todo tipo de penurias, porque estaban esperando un relevo y una liberación. Pero la expectación de la ayuda humana
a menudo falla. En cambio, él que confía en Dios, nunca será decepcionado.
“pero la piedad cercará al que se confía a Yahvé.” (Sal 31, 10).

(...) en Su discurso de despedida tras la última cena, Jesús, al dar los últimos encargos
y anunciar a los Apóstoles el sufrimiento que les iba a encontrar por Su nombre, indica la confianza, como una condición indispensable para aguantar y ganarse la ayuda Divina y la misericordia. “En el mundo tendréis que sufrir; pero tened valor, pues yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Son las últimas palabras del Salvador antes de la Pasión, que había anotado su querido Apóstol, queriendo recordar a todos creyentes, hasta el fin de los tiempos, que necesaria es la confianza, no sólo recomendada, sino mandada por el Salvador.

¿Por qué Dios aconseja tanto la confianza? Porque ella es el homenaje a la misericordia Divina. El que confía en la bondad de Dios, confiesa que Él es omnipotente y bueno y que puede y que quiere ayudarnos, que es, antes de todo, misericordioso. “No hay más que uno bueno, y ese es Dios” (Mr, 10, 18).
Tenemos que conocer a Dios en la verdad, ya que un falso conocimiento de Dios, enfría nuestro corazón hacia Él y estorba las gracias de Su misericordia.

(...) Nuestra vida espiritual depende generalmente de los conceptos que nos hagamos en cuanto a Dios. Existen entre nosotros y Dios las relaciones fundamentales que se derivan de nuestra naturaleza creada, pero hay también relaciones que se derivan de nuestra actitud hacia Dios, lo cual, depende de nuestros conceptos sobre Él. Si nos creamos conceptos falsos sobre El Señor Altísimo, nuestras relaciones con Él serán erróneas,
y nuestros esfuerzos para repararlas vanos. Si tenemos un concepto superficial de Él,
en nuestra vida espiritual habrá muchas carencias e imperfecciones. Y si el concepto
es verdadero, según las posibilidades humanas, nuestra alma, con toda seguridad
se desarrollará en santidad y en la luz.

Así pues, el concepto de Dios es una  clave para la santidad, ya que determina nuestra postura ante Dios y también la de Dios hacia nosotros. Dios nos adoptó por Sus propios hijos, pero, desgraciadamente en la práctica no nos comportamos como hijos: el ser hijo de Dios suele ser solamente una expresión y en la vida no mostramos la confianza de niño  hacia tan buen Padre. (...) la falta de confianza estorba a Dios para darnos beneficios, es como una nube oscura que frena la actividad de rayos del sol, como un dique que estorba el acceso del agua de un arroyo.

(...) Nada da a la omnipotencia Divina tanta gloria que eso que Dios hace omnipotentes
a los que en Él confían. Pero para que nuestra confianza nunca falle, ha de distinguirse de ciertas cualidades a las que había señalado el rey de Misericordia mismo. (...) Por el motivo de Dios la confianza ha de ser sobrenatural, completa, limpia, fuerte y resistente. Sobre todo la confianza ha de salir de la gracia y basarse en Dios.

(...) Confiando en Dios no se puede confiar demasiado en sí mismo, en los propios talentos, en la propia sagacidad y en la propia fuerza, porque entonces Dios negará la ayuda y nos dejará convencernos de la experiencia de nuestra ineptitud. En los asuntos divinos deberíamos tener miedo de nosotros mismos y estar convencidos de que el hombre por sí solo, sólo podrá deformar y hasta destruir los planes Divinos.

(...) Confiando en Dios no nos basamos solamente en los medios humanos, ya que en este mundo, las mayores fuerzas no ayudarán si Dios mismo no apoya, no fortalece, no conforta, no enseña, no protege. Aunque hay que elegir los medios que pensemos necesarios, no se puede basar solamente en ellos, pero hay que poner toda la confianza en Dios. La confianza tiene que ocupar el justo medio entre el quietismo y la excesiva actividad. Los partidarios de la última están en una inquietud incesante, porque en su actividad se basan solamente en si mismos. Y la confianza en Dios motiva al trabajo diligente en las cosas más pequeñas, y a la vez, protege del desasosiego de los activos excesivamente. Sin embargo, sería pereza, contar solamente con Dios, sin la fidelidad a las obligaciones.

La confianza en Dios tiene que ser fuerte y perseverante, sin incredibilidades y sin debilidad. Una confianza así la tenía Abraham, cuando iba a ofrecer a su hijo. Una confianza así la tenían los mártires. En cambio a los Apóstoles en la tormenta les faltó esa virtud y por eso Jesús les reprochó: “¿Por qué tanto miedo? ¡Tenéis muy poca fe!” (Mt, 8, 26).

Teniendo una confianza fuerte, hay que evitar la pusilanimidad y la temeridad.
La pusilanimidad es la peor de las tentaciones, ya que, en cuanto perdamos la valentía de progresar en el bien, pronto caemos en el abismo de malas acciones. Y la temeridad expone a peligro (por ejemplo, una ocasión para pecar) en la esperanza de que Dios nos salvará. Es tentar a Dios, lo cual suele terminar trágicamente para los que tentan.
Teniendo en cuenta nuestra existencia, la confianza tendría que estar unida con el temor, que es la consecuencia de saber nuestra miseria. Sin temor, la confianza se hace temeridad y el temor sin la confianza, pusilanimidad. El temor acompañado por  la confianza se hace humilde y valiente y la confianza con el temor se hace fuerte y modesta.

Para que un bote de vela navegue hace falta el viento y cierto peso que la sumerja en el agua para que no se caiga. Igual nosotros, necesitamos el viento de la confianza y el peso del temor. “Se complace el Señor en los que le temen, en los que a su piedad se confían” (Sal 146, 11).

La confianza tiene que ser unida con el anhelo, o sea el deseo de ver las promesas divinas y unirnos con nuestro amado Salvador. (...). El ansia de Dios tiene que estar de acuerdo con la voluntad de Dios, tiene que ser muy humilde, tanto en la emoción como en la voluntad. Que ha de animarnos al trabajo constante y a nuestro ofrecimiento completo a Dios. Sin embargo, el confiado anhelo tiene que ser basado en una penitencia sincera por los pecados, de otro modo, sería una ilusión. “pero la piedad cercará al que se confía a Dios” (Sal 31, 10).

Cuando un barco en una tormenta desenfrenada pierde  palo, cuerda y timón, y las olas espumosas lo impulsan para el rompimiento, los marineros espantados, como último recurso, bajan el ancla para que el barco se pare y se salve. El ancla es, para nosotros,
la confianza en la ayuda Divina.

(...) “Bienaventurado el varón que confía en el Señor y en El pone su confianza. Será como árbol plantado a la vera de las aguas, que echa sus raíces hacia la corriente y no teme la venida del calor, conserva su follaje verde, en año de sequía no se inquieta y no deja de dar fruto” (Jer, 17, 7-8).

Esos son las frutos de la confianza, dones del Espíritu Santo. Sobre todo, la confianza es el homenaje dado a la misericordia Divna que da al que confía fuerza y valor para vencer las mayores dificultades.
(...) La confianza en Dios quita toda  tristeza y depresión y llena el alma con gran alegría, hasta en las condiciones de vida más difíciles.
(...) La confianza hace milagros, ya que tiene a su servicio la omnipotencia Divina.
(...) La confianza da la paz interior, que el mundo no puede ofrecer. La confianza abre paso a todas las otras virtudes.

Existe una leyenda como todas las virtudes decidieron abandonar la tierra, manchada con muchas acciones malas y volver a la patria celestial. Cuando se acercaron a las puertas del cielo, el portero admitió todas, excepto la confianza para que la pobre gente en la tierra no caiga en una desesperación entre todas las tentaciones y sufrimientos.
En vista de ello, la confianza tuvo que volver y tras ella volvieron las demás virtudes.
Particularmente la confianza consuela al hombre agonizante. En el último momento él se acuerda de todos los pecados de toda la vida, lo cual lo lleva a la desesperación.
Pues a los agonizantes hay que darles los actos de confianza necesarios, hay que enseñarles la madre patria cercana, donde el rey de la Misericordia espera con alegría
a los que confían en su misericordia.

La confianza asegura una recompensa tras la muerte como lo demuestran muchos ejemplos de los santos. Particularmente Dimas- el criminal agonizante en la cruz,
junto a Jesús, se dirigió a El con confianza en el último momento de su vida y oyó la aseguración beatífica: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

(...) “Maldito el hombre que en el hombre pone su confianza, y de la carne hace su apoyo, y aleja del Señor su corazón. Será como desnudo arbusto en la estepa, que, aunque le venga algún bien, no lo siente, y vive en las arideces del desierto, en tierra salitrosa e inhabitable” (Jer 17, 5-6).

Es la imagen del mundo de hoy, tan confiado en si mismo, en su sabiduría, en su fuerza, en sus inventos que, en vez de hacerle feliz, le inspiran miedo de autodestrucción.
Sin embargo, los inventos son una cosa buena y de acuerdo con la voluntad de Dios que dijo: “Procread y multiplicaos y henchid la tierra, sometedla...” (Gén 1, 28), pero no se puede confiar solamente en la inteligencia, olvidándonos del Creador, del culto y de la confianza que se le debe a El.

(...) La desconfianza de la gente hacia Dios es un malentendido absurdo y sin base.
Se deriva de eso que nuestras propias debilidades y errores los trasladamos a Dios
y Le atribuimos lo que vemos en nosotros mismos. Nos imaginamos a Dios variable, caprichoso, como nosotros- severo y preocupado como nosotros: Pues pensando
y actuando así, insultamos a Dios y nos hacemos un gran daño a nosotros mismos.
¿Donde estaríamos nosotros ahora si El que dirige nuestro destino fuera tan caprichoso, vengativo, irritable como nos lo imaginamos a menudo? La causa de nuestro erróneo concepto de Dios y el atribuirle nuestras faltas es la consecuencia de nuestra propia debilidad y tristeza, el miedo constante y la inquietud interior que hay, después de todo, en todo el mundo.

La confianza se la puede comparar con una cadena colgante del cielo a la que sujetamos nuestras almas. La mano de Dios levanta y agarra a los que están agarrados fuertemente a ella. (...) Sujetemos pues esa cadena en la oración como el ciego de Jericó, que, sentado en el camino, llamó con perseverancia: “¡Jesús, Hijo de David, ten lástima de mí!” Confiemos en Dios en las necesidades terrenales y eternas, en sufrimientos, peligros y desamparos. Confiemos hasta entonces cuando nos parece que Dios nos ha dejado, cuando nos niega Sus consuelos, cuando no nos escucha, cuando nos agobia con la pesada cruz.
En un tiempo así hay que confiar por encima de todo, porque es el tiempo de probar,
de experimentar, por el que tiene que atravesar cada alma.

Espíritu Santo, dame la gracia de la confianza inquebrantable por los méritos de Jesús
y de la confianza temerosa en razón de mi debilidad.
Cuando la pobreza llame a mi puerta:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando me afecte una enfermedad o me toque una discapacidad:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando el mundo me rechace y me persiga el odio:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando una falsa acusación me manche y me harten de amargura:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando me abandonen mis amigos y me hieran con palabras y acciones:
JESÚS EN TI CONFÍO.

Espíritu de amor y misericordia, sé mi escapatoria, mi esperanza beatífica, para que en las condiciones de mi vida más difíciles, no deje de confiar en Ti (Tomo III, p. 189-200). 

 

 

MÁS ADELANTE >> El don de la oración.
El deber de practicar misericordia. La indulgencia plenaria

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