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MEMORIAS
En el original se firmó: Bialystok
27.I.1948.
/-/ Secerdote Miguel Sopocko confesor de sor Faustina
MIS MEMORIAS DE SOR FAUSTINA Q. E. P. D.
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Hay verdades de la santa fe, que supuestamente se conocen
y muy a menudo se habla de ellas, pero en realidad no se entienden y no
se viven. Es lo que me pasó a mí en cuanto a las verdades de la Misericordia
Divina. Tantas veces pensé en esa verdad cuando meditaba,
sobre todo durante los retiros, tantas veces hablé de ella en los sermones
y la repetía en los oraciones litúrgicas, pero no profundizaba su significado
para la vida espiritual. Más que nada
no entendía, y de momento no podía aceptar, que la Misericordia Divina
es la mayor cualidad del Creador, Redentor y Santificador.
Hacía falta un alma simple y piadosa, muy unida a Dios, que, tal y como
creo, por medio
de la inspiración divina me habló de ello y me incitó a estudiar e investigar
el tema.
Fue el alma de sor Faustina (Helena Kowalska) Q. E. P. D., de la Congregación
de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, que poco a poco
logró el hecho
de que el asunto de la Misericordia Divina y, sobre todo, la institución
de la Fiesta de la Misericordia Divina el primer domingo después de la
Pascua, considero hoy como una de las prioridades de mi vida.
Conocí a sor Faustina en verano (en julio o agosto
de 1933), como penitente en la Congregación de las Hermanas de la Madre
de Dios de la Misericordia Divina en Vilna, Lituania (calle Senatorska
25), donde por entones fui un simple confesor. Llamó mi atención su conciencia
sutil y su unión muy profunda con Dios. Normalmente no había motivo para
la absolución
y ella nunca había ofendido a Dios con un pecado grave. Ya al principio
me dijo que me conocía de alguna revelación, que yo iba a ser el director
de su conciencia, y que tendría
que realizar algunos planes de Dios que ella iba a revelarme.
Ignoré lo que me había contado y la sometí a una prueba
cuyo resultado fue que sor Faustina, con el permiso de la Madre Superiora,
empezó a buscar otro confesor. Sin embargo, más tarde volvió y me dijo
que soportaría todo pero no me dejaría. No puedo repetir aquí todos los
detalles de nuestra conversación, cuya parte está incluida en su Diario,
que le ordené escribir, porque le prohibí hablarme de sus vivencias durante
la confesión.
Al conocer mejor a sor Faustina constaté que los dones
del Espíritu Santo funcionan dentro
de ella en el estado oculto, pero a ratos se revelan más visiblemente,
repartiendo
la intuición que llenaba su alma, despertaba el amor, llamaba a cometer
actos heroicos
de sacrificio y de renunciar a sí mismo. Especialmente a menudo se notaba
el don
de la habilidad, la razón y la sabiduría, gracias a los cuales sor Faustina
veía claramente
la vanidad de las cosas terrenales y la importancia del sufrimiento y
de la humillación.
Conocía directamente las cualidades de Dios, y más
que nada su Misericordia Infinita.
A veces miraba la inaccesible luminosidad que proporcionaba la felicidad.
Fijaba su mirada
en esa inconcebible luminosidad desde la cual surgía la silueta de Cristo
caminando, bendiciendo el mundo con la mano derecha y con la mano izquierda
levantando las vestiduras a la altura del corazón. Debajo de las vestiduras
levantadas se veía salir dos rayos, uno rojo
y el otro blanco. Sor Faustina tenía este tipo de revelaciones sensoriales
y mentales desde hacía ya varios años, escuchaba palabras sobrenaturales,
que se podían percibir con el oído,
la imaginación y la mente.
Temiendo la ilusión, la alucinación y el delirio de
sor Faustina, me dirigí a la Superiora,
Madre Irena, para que me informara quien era sor Faustina, qué fama tenía
dentro
de la Congregación entre las hermanas y los superiores, y la pedí que
le hicieran reconocimiento médico de su estado de salud físico y psíquico.
Cuando recibí la respuesta positiva en cada aspecto,
todavía durante una temporada estuve esperando, en parte no creía en todo
aquello, estuve pensando, rezaba e investigaba.
Les pedí un consejo a varios sacerdotes ilustrados para saber qué hacer
sin decir de qué
y de quién se trataba. En realidad se trataba de realizar algunas de las
supuestas exigencias
firmes de Jesucristo, de pintar la imagen que veía sor Faustina y de instituir
la Fiesta de la Misericordia Divina el primer domingo después de la Pascua.
Finalmente, dirigido más por la curiosidad por saber
cómo iba a quedar la imagen que por
la fe en la veracidad de las revelaciones de sor Faustina, decidí realizar
la tarea y pintar el cuadro. Hablé con un artista pintor que vivía conmigo
en la misma casa, Eugenio Kazimirowski, quien aceptó pintar el cuadro
a cambio de una suma de dinero, y con la Hermana Superiora,
la cual permitió a sor Faustina ir dos veces a la semana a donde el pintor
para darle
las indicaciones y decir cómo tiene que ser el cuadro.
Tardaron varios meses trabajando en la imagen, pero
por fin, en junio o julio de 1934 el cuadro estaba terminado. Sor Faustina
se queiaba de que el cuadro no era tan bello como la imagen que ella veía,
pero Jesucristo la tranquilizó diciendo que estaba bien y añadió:
“Ofrezco a los hombres un recipiente con el que
han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese
recipiente es esta imagen con la inscripción: Jesús,
en Ti confío” (ver
Cuadro).
De momento sor Faustina no sabía explicarse a sí misma
el significado de los rayos de
la imagen. Sin embargo, unos días más tarde dijo que Jesucristo se lo
explicó mientras
ella rezaba: “Los rayos en la imagen significan
la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza
el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que
es la vida de las almas. Ambos rayos brotaron de Mi Corazón que fue abierto en la Cruz por
la lanza. Estos rayos protegen el alma de la furia del Padre Celeste...
Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará
la justa mano de Dios…
Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo,
ya aquí en la tierra, la victoria sobre los enemigos, sobre todo, a la
hora de la muerte. Yo mismo la defenderé como Mi gloria.
Deseo que el primer domingo después de la Pascua
de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia Divina... quien celebre
ese día el Sacramento del Amor, recibirá el perdón total de las culpas
y de las penas… La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija
con confianza
a la Misericordia Divina. Antes de venir como el Juez Justo, vengo como
el Rey de Misericordia, para que nadie se disculpe el día del juicio que
ya no es lejano…”
Esa imagen tenía un significado
algo nuevo y por eso no pude colgarlo en la iglesia sin permiso del Arzobispo.
Me daba vergüenza pedírselo y más aún contarle el origen del cuadro. De
ahí que lo colgué en un pasillo oscuro al lado de la iglesia de San Miguel
(en el convento de las Bernardas) donde me nombraron rector. Sor Faustina
me predijo las dificultades relacionadas con la permanencia en esa iglesia
y realmente pronto empezaron a suceder unos acontecimientos poco habituales.
Sor Faustina exigía que colgara el cuadro a toda costa en la iglesia,
pero yo no tenía prisa. Finalmente durante la Semana Grande de 1935 me
dijo que Jesús exigía que yo colgara el cuadro en la Puerta del Amanecer
durante 3 días, donde se celebraría el triduo para finalizar el aniversario
de la Redención que caía en el Fiesta previsto de la Misericordia Divina,
en el Domingo Blanco.
Pronto me enteré de que en ese triduo, al que
me invitó el párroco de la Puerta del Amanecer,
y el canónigo Estanislao Zawadzki me pidió que dijera el sermón. Lo acepté
a cambio del permiso para poder colgar el cuadro como decoración en la
ventana de la galería, donde
ese cuadro quedaba divinamente y llamaba la atención de todos, más que
la imagen
de la Virgen Maria.
Después de la misa el cuadro volvió a su sitio anterior,
escondido, y ahí permaneció todavía durante dos años. Hasta que
el 1.IV.1937 pedí permiso al Excelencia Arzobispo Metrópolitano
de Vilna para colgar el cuadro en la iglesia de San Miguel, donde todavía
era rector.
El Arzobispo Metrópolitano dijo que no quería tomar sólo esa decisión.
Ordenó una comisión para ver el cuadro, organizada por el canónigo Adán
Sawicki, el canciller de la curia Metropolitana. El canciller mandó sacar
el cuadro el día 2 de abril en la sacristía de la iglesia de San Miguel
porque no sabía a qué hora iban a mirarlo.
Estando muy ocupado por el trabajo en el Seminario
Conciliar y en la Universidad no pude estar presente cuando miraban el
cuadro y no sé quienes formaban esa comisión. El día 3
de abril de 1937 la Excelencia Arzobispo Metrópolitano de Vilna me informó
que ya tenía una información detallada acerca del cuadro y que permitía
bendecirlo y colgarlo en la iglesia
con la condición de no ponerlo en el altar y no revelar su origen.
Ese mismo día se bendijo y colgó cerca del altar grande
del lado de la lección, desde donde
en varias ocasiones lo cogían a la parroquia de San Francisco (después
de la parroquia de San Bernardo) para sacarlo en la procesión de Corpus
Christi junto con los altares preparados
para esa ocasión. El 28 de dicembre de 1940 las Bernardas lo cambiaron
de sitio y fue cuando
el cuadro sufrió unos pequeños daños, y en el año
1942, cuando las arrestaron las autoridades alemanas, el cuadro volvió
a su sitio cerca del altar grande, donde se encuentra hasta hoy
en día, adorado por los fieles y adornado con numerosas ofrendas.
Pocos días después del triduo en la Puerta del Amanecer,
sor Faustina me contó sus vivencias durante esa celebración cuyos detalles
describió en el Diario. Más tarde, el 12 de mayo vio al presidente J.
Pilsudski muriéndose y habló de su terrible sufrimiento. Jesucristo debía
enseñárselo y decirle: “Mira como termina
la grandeza de este mundo”. Luego vio un juicio sobre él y cuando
pregunté como terminó ese juicio me respondió: “Parece
que la Misericordia Divina ganó gracias a la Madre de Dios”.
Pronto empezaron las grandes dificultades predichas
por sor Faustina (relacionadas con
mi estancia en la iglesia de San Miguel), que se multiplicaban cada vez
más hasta que lograron su clímax en enero de 1936. No le mencioné casi a
nadie nada acerca de esas dificultades hasta el día crítico cuando le pedí
oración a sor Faustina. Me sorprendí profundamente cuando el mismo día todas
esas dificultades desaparecieron como un mal encanto, y sor Faustina
me dijo que tomó la carga de mi sufrimiento y ese día sufrió más que nunca
en su vida.
Cuando ella pidió ayuda a Jesús escuchó las palabras: “Tú
sola has cogido la carga
de su sufrimiento y ¿ahora te estremeces? Vertí en ti sólo una parte
de su sufrimiento”.
Es cuando me explicó con detalles la causa de mis problemas
que según ella le fue revelada de modo sobrenatural. Los detalles eran
sorprendentes, más aún porque ella no pudo saber nada sobre ellos, de
ninguna manera. Los acontecimientos parecidos a este sucedieron
varias veces.
A mediados de abril de 1936, por la orden de la Madre
Superiora General, sor Faustina fue
a Walendow y luego a Cracovia. Mientras yo más en serio estuve pensando
en la idea
de la Misericordia Divina y empecé a buscar entre los Padres de la Iglesia
la confirmación
de que es la mayor cualidad de Dios, como decía sor Faustina, porque entre
los teólogos más recientes no encontré nada acerca de ese tema.
Con gran alegria encontré unas expresiones similares
en los escritos de San Fulgencio
y de San Indelfonso, y más todavía en los de Santo Tomás y San Agustín,
que al comentar
los Salmos hablaba ampliamente de la Misericordia Divina llamándola la
máxima cualidad
de Dios. Entonces ya no tuve más dudas serias acerca de lo sobrenatural
de las revelaciones
de sor Faustina y de vez en cuando empecé a publicar artículos sobre la
Misericordia Divina
en revistas teológicas explicando a la vez racionalmente y litúrgicamente
la necesidad del
Fiesta de la Misericordia Divina el primer domingo después de la Pascua.
En junio de 1936 publiqué en Vilna el primer folleto
titulado “Misericordia Divina”
con la imagen de Cristo Misericordioso en la portada. Esa primera publicación
la envié sobre todo a los Excelentísimos Obispos reunidos en la Conferencia
Episcopal en Czestochowa,
pero no recibí ninguna respuesta de ninguno de ellos. El año siguiente,
en 1937, publiqué
en Poznan el segundo folleto titulado “Misericordia Divina en la liturgia”,
cuyas críticas encontré en varias revistas teológicas, casi todas muy
positivas. Escribí también varios artículos
en los diarios de Vilna, pero en ninguno revelé que sor Faustina fue la
“causa movens”.
En agosto de 1937 visité a sor Faustina en Lagiewniki
y encontré en su Diario la novena
a la Misericordia Divina que me gustó mucho. Cuando la pregunté cómo la
había adquirido
me respondió que se la había dictado el mismo Jesucristo. Parecía que
ya anteriormente
el Señor le enseñó el rosario a la Misericordia Divina y
otras oraciones que decidí publicar.
Con la ayuda de algunas expresiones incluidas en esas oraciones escribí
una letanía a
la Misericordia Divina y la entregué junto con el rosario y la novena
al Sr. Cebulski (Cracovia, calle Szewska 22) para lograr Imprimátur en
la Curia Cracoviense e imprimirla con la imagen de la Misericordia Divina
en la portada.
La Curia Cracoviense me dio el Imprimátur Nº 671
y en octubre en las estanterías de las librerías apareció esa novena con
la letanía y el rosario. En 1939 traje una parte de esas imágenes y novenas
a Vilna y cuando estalló la guerra y entraron las tropas soviéticas
(19 de semtiembre de 1939) le pedí permiso a Su Excelencia Arzobispo Metrópolitano
de Vilna para su reparto con la información del origen de las novenas
y de la imagen, y recibí su permiso oral. Fue cuando empecé a divulgar
el culto privado de ese cuadro (para lo cual recibí un permiso oral) y
de las oraciones compuestas por sor Faustina y aprobadas en Cracovia.
Cuando se agotó la edición de Cracovia tuve que copiar
las oraciones a máquina y cuando
no daba abasto frente a la gran demanda pedí a la Curia Metropolitana
de Vilna el permiso
de reimpresión añadiendo en la primera página la explicación acerca
del significado
de la imagen. Recibí ese permiso, firmado por el censor padre prelado
Leon Zebrowski
y el notario de la Curia padre J. Ostrewka, el día 7 de febrero de 1940
con el Nº 35. Quería subrayar que no sabía si alguien iba a firmar
el Imprimátur ni quién sería y no hablé acerca
de este asunto con Su Excelencia Arzobispo Sufragan que murió varias semanas
más tarde.
El padre prelado Zebrowski como censor efectuó algunos
cambios estilísticos en el texto
de la edición cracoviense, pero la mayoría de los fieles prefirieron dejar
ese texto sin cambios. De ahí que con el permiso del censor me dirigí
de nuevo a la Curia (ya después de la muerte
de Su Excelencia Arzobispo Sufragan) pidiendo la aprobación de mis oraciones
sin cambios. Padre notario J. Ostrewka llevó la petición al Metrópolitano
que, a través de ese notario dijo que iba a aprovechar la aprobación firmada
por el difunto Obispo Sufragan, lo que hice.
Hablo extensamente sobre esta circunstancia porque más tarde empezó a
decirse
(en la esfera oficial) que logré la aprobación gracias a alguna trampa.
Todavía en Vilna, sor Faustina contaba que tenía prisa
por dejar la Congregación
de la Madre de Dios de la Misericordia con el fin de fundar una Nueva
Congregación conventual. Esa prisa me parecía ser una tentación y le aconsejé
no tomarla en serio.
Más tarde, en las cartas de Cracovia seguía escribiendo acerca de esa
urgencia y al final recibió el permiso de su nuevo confesor y de la Madre
Superiora General para dejar
la Congregación con la condición de lograr mi permiso. Tenía miedo de
tomar la decisión
en mis manos y le respondí que se lo permitiría sólo si el confesor cracoviense
y la Madre Superiora General no sólo lo permitirían sino si lo ordenaban.
Sor Faustina no recibió
tal orden y por eso se tranquilizó y permaneció en su Congregación hasta
la muerte.
Yo la visitaba entre semana y entre otros hablábamos
de la Congregación que ella quería fundar y ahora se muere diciendo que
probablemente todo fue una ilusión, igual que fueron una ilusión todas
las demás cosas que ella contaba. Sor Faustina prometió hablar sobre ese
tema con Jesucristo durante su oración. Al día siguiente dije la misa
en honor a sor Faustina, durante la cual se me ocurrió que igual que ella
no sabía pintar el cuadro y sólo dio las indicaciones, tampoco sabría
fundar una congregación nueva, solo podía indicar algunas pautas, y la
urgencia significaba la necesidad de fundar una nueva congregación en
los tiempos difíciles que venían.
Más tarde, cuando llegué al hospital y le pregunté
si tenía algo que decir sobre ese asunto,
me respondió que no hacía falta que dijera nada, porque Jesucristo ya
me había iluminado durante la misa. Luego añadió que he de esforzarme
sobre todo por la Fiesta de la Misericordia Divina el primer domingo después
de la Pascua y que no tengo que preocuparme demasiado por la nueva congregación
porque gracias a algunas señales reconoceré quién y qué debe hacer
acerca del tema.
Dijo también que que la intención del sermón que pronuncié ese
día no era del todo pura (era verdad) y que a partir de ahora deberia
buscarla en todo este asunta. Me contó como me había visto de noche en
una pequeña capilla de madera cuando recibía votos de las primeras
seis candidatas a esa Congregación. Dijo que ella iba a morir en breve
y que todo lo que debía decir y escribir lo había cumplido. Todavía antes
de todo aquello me describió la iglesia y la primera casa de la Congregación
y lloraba por la suerte de Polonia que tanto quería y por la cual rezaba
a menudo.
Siguiendo el consejo de San Juan de la Cruz, casi siempre
trataba las palabras de sor Faustina con neutralidad y no preguntaba por
los detalles. Esa vez tampoco pregunté qué suerte iba
a encontrar Polonia para que ella llorase tanto y ella sola no me lo contó
y tan solo suspirando escondió la cara a causa del horror que probablemente
se presentó entonces delante de sus ojos.
Casi todo lo que había previsto sobre esa Congregación
se cumplió con exactitud. Cuando recibía votos privados de las primeras
6 candidatas, en una capilla de madera de las Hermanas Carmelitas en Vilna
(ver Congregación),
de noche del 10 de noviembre de 1944, o más tarde, hace tres años,
cuando llegué a la primera casa de esa Congregación en Mysliborz, me quedé
asombrado por la semejanza con lo que decía sor Faustina Q. E. P. D. (ver
Santuario).
Previó también bastante detalladamente las dificultades
y persecuciones que me esperaban
a causa de difundir el culto de la Misericordia Divina e intentar instituir
la Fiesta con ese nombre el primer domingo después de la Pascua. (era
más fácil soportar todo aquello
creyendo que esa era la voluntad de Dios desde el principio). Previó
delante de mí que iba
a morir el 26 de septiembre, diez días más tarde, y el 5 de octubre murió.
A causa de falta
de tiempo no pude asistir en el funeral.
QUÉ PENSAR ACERCA DE SOR FAUSTINA Y SUS REVELACIONES
Tenía el carácter natural y era una persona muy equilibrada,
sin ninguna huella de psiconeurosis o histeria. Su naturalidad y simplicidad
destacaban en sus relaciones tanto con las hermanas de la congregación
como con la gente ajena. No había en ella nada artificial, ninguna teatralidad,
ninguna actuación forzada, ni ganas de llamar la atención a su persona.
Todo lo contrario, intentaba no destacar y no hablaba con nadie de sus
vivencias internas,
sólo con su confesor y sus superiores. Su emotividad era normal, atada
con las riendas de la voluntad, que no se dejaba llevar por los cambios
de humor. No sufría depresiones y aceptaba los fracasos con tranquilidad,
sometiéndose a la voluntad de Dios.
En cuanto a su desarrollo mental
e intelectual era prudente y destacaba por su juicio sano sobre las cosas
aunque no tenía estudios ni siquiera básicos. A penas sabía escribir y
leer cometiendo muchos fallos. Servía de gran consejo a sus compañeras
cuando se dirigían a ella, yo también, en varias ocasiones, para hacerle
una prueba le comenté mis dudas y ella sacó unas conclusiones ciertas.
Tenía una gran imaginación, pero no era exaltada. A veces ella misma no
sabía distinguir entre su propia imaginación y la acción externa sobrenatural,
sobre todo si se trataba de los recuerdos del pasado. Sin embargo, cuando
se lo comenté
y le pedí que subrayara en el Diario sólo aquello que podía jurar que
no fue resultado
de su imaginación, dejó muchos de sus recuerdos anteriores.
En cuanto a la moral
era completamente sincera, no exageraba ni mentía. Siempre decía
la verdad aun si a veces la verdad le hacía sufrir. En verano de 1934,
estuve ausente durante varias semanas. Entonces ella hablaba con otros
confesores sobre sus vivencias. Cuando volví me enteré de que había quemado
su Diario en las siguientes circunstancias: Decía que
se le reveló un Ángel y le ordenó que lo echara en la chimenea diciendo:
“Escribes tonterías
y te arriesgas a ti misma y a los demás a sufrir. ¿Qué tienes tú
de esta misericordia? ¿Por qué pierdes el tiempo por unas ilusiones?
¡Quémalo todo y estarás más tranquila y más feliz!”
Sor Faustina no tenía a nadie quien le aconsejara y cuando la revelación
se repitió le hizo
caso al Ángel. Luego se dio cuenta de que había actuado mal, me lo contó
todo y escuchó
mi consejo de volver a escribirlo todo de nuevo.
En cuanto a las virtudes
sobrenaturales hacía un gran progreso. En realidad, desde el principio
veía en ella una virtud de pureza consolidada y probada, la humildad,
el afán, la obediencia,
la pobreza y el amor hacia Dios y el prójimo. De todos modos, era visible
su crecimiento progresivo, sobre todo a finales de su vida, cuando se
intensificó su amor hacia Dios que se reflejaba en sus poemas. Hoy no
me acuerdo muy bien de su contenido, pero me acuerdo
de la gran impresión que me causó el contenido (no me refiero a la forma),
cuando los leía
en 1938.
Una vez la vi a sor Faustina en el éxtasis. Fue el
2 de septiembre de 1938 cuando la visité
en el hospital en Pradnik y me despedí para ir a Vilna. Cuando me alejé
unos pasos me acordé de que le había traído unos ejemplares de las oraciones
publicadas en Cracovia que ella misma había escrito sobre la Misericordia
Divina (la novena, la letanía y el rosario).
Volví en seguida para entregárselos.
Cuando abrí la puerta de la habitación aislada donde
se encontraba, la vi sumergida
en la oración. Estaba sentada pero parecía flotar sobre la cama. Tenía
la mirada fijada
en un objeto invisible, sus pupilas estaban algo dilatadas. No se dio
cuenta de mi llegada
y yo no quería molestarla. Quería retroceder. Pero pronto volvió a sí
misma, me vio y me
pidió disculpas por no haber oído mi llamada a la puerta ni mi entrada.
Le entregué las oraciones y me despedí. Entonces ella
me dijo: “Nos veremos en el cielo”.
El 26 de septiembre, cuando la visité por última vez en Lagiewniki, ella
ya no quiso hablar conmigo, o más bien, ya no podía explicando: “Estoy
ocupada teniendo trato con Padre Celeste” y de verdad parecía un
ser sobrenatural. Es cuando ya no tuve la más menor duda de que todo lo
que estaba escrito en su Diario sobre la Comunión sagrada en la que asistía
en el hospital con la presencia del Ángel, era verdad.
En lo que se refiere al
objeto de las revelaciones de sor Faustina, no había en ello nada
que fuese contrario a la fe, las buenas costumbres o las opiniones discutibles
entre los teólogos. Todo lo contrario, todo estaba enfocado hacia el mejor
conocimiento y amor por Dios.
“El cuadro tiene valor artístico importante para
el arte religioso contemporáneo”.
(El protocolo de la Comisión de la valoración y la conservación del cuadro
del Salvador Misericordioso de la iglesia de San Miguel en Vilna, del
día 27 de mayo de 1941, firmado
por los expertos, el profesor de la historia del arte Dr. M. Morelowski,
el profesor dogmático padre Dr. L. Puchaty y el conservador padre Dr.
P. Sledziewski).
El culto a la Misericordia Divina (culto privado en
forma de la novena, el rosario y la letanía)
no sólo no contradice los dogmas, ni la liturgia, sino también tiende
a explicar las verdades
de la fe sagrada y de la presentación demostrativa de lo que hasta ahora
no fue más que
una relación. Tiende además a sobresaltar y presentar a todo el mundo
todo aquello que aparecía en los escritos de los Padres de la Iglesia,
lo que tenía en mente el autor
de la liturgia y que hoy en día exige la gran pobreza de la humanidad.
La intuición de la simple monja, que apenas sabía el
catequismo, en las cosas tan sutiles,
tan acertadas y correspondientes a la psicología de la sociedad de hoy
en día, no se puede explicar de otra forma que de la actuación de un factor
sobrenatural y una revelación.
Más de un teólogo, después de largos años de estudios, no sabría
resolver los problemas
de manera tan fácil y acertada, ni siquiera parcialmente, como lo sabía
hacer sor Faustina.
Aunque el factor sobrenatural, que actuaba en el alma de sor Faustina,
se juntaba
con la actuación de su gran imaginación, y a causa de ello religiosa tergiversaba
algunas cosas sin darse cuenta. Sin embargo, eso le pasaba a mucha gente
de ese tipo, lo cual testifican sus biografías, p.e. Santa Brígida, Catarina,
Emmerich, María de Zgreda, Juana de Arco, etc.
Con ello se pueden explicar las diferencias entre las
descripciones de sor Faustina acerca
de su llegada al convento, las de la Reverendísima Madre General Michaela
Moraczewska
y las expresadas en el Diario. De todos modos, son unas cosas ya antiguas
que deberían
ser olvidadas por ambas partes, o que tal vez no pertenecen a la esencia
de las cosas.
Los resultados de las
revelaciones de sor Faustina, tanto en su alma como en las almas
de otra gente, sobrepasaron las esperanzas de todos. Si al principio sor
Faustina tenía algo
de miedo y temía por las posibilidades de realizar todas las exigencias
y las eludia, con el paso del tiempo se tranquilizaba y llegó al
estado de la seguridad completa y una profunda felicidad interna. Se volvía
cada vez más humilde y obediente, más unida con Dios y paciente, conformándose
totalmente con Su voluntad.
Probablemente no hace falta hablar extensamente acerca
de los resultados de esas revelaciones en las almas de las demás personas,
quienes escucharon de ellas, porque
los hechos hablan por si mismos. Numerosas ofrendas (cerca de 150) al
lado de la imagen
del Salvador Misericordioso de Vilna y de muchas otras ciudades, testifican
las gracias recibidas por los adoradores de la Misericordia Divina tanto
en el país como en el extranjero. De todos lados llegan las noticias sobre
las asombrosos casos de los ruegos por la Misericordia Divina, que muchas
veces claramente fueron milagros.
Resumiendo, fácilmente podríamos sacar la conclusión,
pero como la decisión final
en este asunto pertenece a la inconfundible institución de la Iglesia,
con toda la humildad
y la tranquilidad nos entregamos a su sentencia.
/-/ Secerdote Miguel Sopocko, el confesor de sor Faustina
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