Fragmentos del libro
MISERICORDIA DIVINA EN SUS OBRAS
del padre Miguel Sopocko
“Los pensamientos de la gente sobre Dios son
muy nebulosos, ya que “Nadie ha visto jamás
a Dios” (J, 1, 18). (...) Si nunca hubiéramos visto el sol y
solamente hubiéramos juzgado sobre él por la luz que hay en un día nublado,
no seríamos capaces de crear una idea detallada de la fuente de la luz
diaria. O si nunca hubiéramos visto la luz blanca y solamente la hubiéramos
conocido por los siete colores del arco iris, no podríamos conocer
la blancura.
De modo parecido nosotros mismos no podemos crear un concepto del Ser
Divino,
y sólo podemos conocer sus perfecciones en el estado del múltiplo y
de la división, mientras que en Dios ellas son absolutamente una unidad
simple. Dios- como el ser más perfecto- es el espíritu más limpio y
más sencillo, es decir no contiene en Sí partes integrantes.
(...) No hay manera de que examinemos a fondo
todas las perfecciones referentes a la esencia de Dios, son muchas y
difíciles de conocer. (...). De todas las perfecciones el Señor
Jesús distingue una de la cual, como de una fuente, nace todo lo que
existe en la tierra y en la cual Dios quiere ser adorado por toda la
eternidad. Es la Misericordia Divina. “Sed
misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso ...” (Lc 6, 36).
La Misericordia Divina es una perfección de
Sus actos dirigidos a los seres inferiores para sacarlos de su miseria
y suplir sus faltas,- es Su voluntad de hacer bien a todos los que sufren
algunas carencias y por sí solos no son capaces de eliminarlas.
Un acto singular de misericordia es compasión, y el estado de compasión
permanente es misericordia. La actitud Divina hacia las criaturas se
revela en eliminar las carencias y conceder perfecciones mayores o inferiores.
El don de las perfecciones meditado en sí mismo, independientemente
de las circunstancias es obra de la bondad Divina que a cada uno, distribuye
dones según Su parecer.
Cuando vemos en Dios un desinterés total en
el repartimiento de beneficios,
lo atribuimos a la generosidad Divina. Cuando Dios vigila para que,
con ayuda de los beneficios recibidos, lleguemos al fin escogido para
nosotros, lo llamamos la Providencia. Distribuir las perfecciones según
el plan y el orden fijado con anterioridad es obra de la justicia. Por
último el distribuir de perfecciones a las criaturas para sacarlas de
la miseria y para eliminar sus carencias es obra de la Misericordia.
No para cada ser una carencia significa su
miseria, ya que a cada criatura se le debe solamente eso, que Dios anteriormente
había previsto y había decidido. No es, por ejemplo, la infelicidad
de una oveja el no tiener intelecto, tampoco la miseria del hombre consiste
en la falta de alas. En cambio la falta del intelecto en el hombre o
de las alas en un ave será su tragedia y miseria. Todo lo que Dios haga
para las criaturas lo hace según un orden debido, previsto y decidido,
lo cual constituye la justicia Divina. Pero ya que ese orden, había
sido recibido totalmente de buen grado y no había sido dictado a Dios
por nadie, por eso en el orden establecido de esta manera hay que incluir
la obra de la Misericordia.
Por eso, penetrando en las causas primeras
y en los motivos de la actividad Divina vemos la Misericordia como origen
de cada acto en el exterior. Porque si las criaturas se merecen algo,
es solamente por una decisión previa. Ya que no se puede retroceder
así hasta el infinito, hay que pararse en eso que depende sólo de la
voluntad Divina, es decir de la Misericordia Divina. En cada obra de
Dios, dependiendo de nuestro entendimiento, se pueden ver las mencionadas
perfecciones Divinas.
Por ejemplo, la salvación de Moisés, puesto
en la cesta en las aguas del Nilo, en conceptos generales, independientemente
de cualquier circunstancia, llamaremos la bondad de Dios. En cuanto
al desinterés de Dios en esa salvación que no era necesaria para El,
y que el niño mismo no merecía, es obra de la generosidad Divina.
La salvación de Moisés motivada por la decisión de Dios de sacar a los
Israelitas
de Egipto con su ayuda, llamaremos la justicia Divina. El velar por
un niño en el río, abandonado y expuesto al peligro, atribuimos
a la Providencia Divina. Por fin, el sacar al niño de la miseria,
del abandono y satisfacer sus carencias, otorgarle muchas perfecciones
en forma de adecuadas condiciones de vida, del desarrollo, educación
y formación, es obra de misericordia Divina.
Debido a que en cada uno de los momentos mencionados
del ejemplo nos llama la atención la miseria del niño y las diversas
carencias, podemos decir que la bondad Divina es Misericordia, que crea
y que da; la generosidad Divina es Misericordia que generosamente concede
dones sin méritos, la providencia Divina es Misericordia que vigila,
la justicia Divina es Misericordia que premia por encima de los méritos
y castiga menos que las culpas; por fin el amor de Dios es Misericordia
que compadece a la miseria humana y nos atrae hacia sí. En otras palabras,
la Misericordia Divina es el motivo principal de la exterior actividad
de Dios, o sea es el origen de cada obra del Creador.
En cada libro de la Sagrada Escritura, del
Antiguo y del Nuevo Testamento se menciona Misericordia Divina más de
una docena de veces, y la mayoría de ellas, las más convincentes, están
en el Libro de Salmos. De los 150 Salmos 55 glorifican particularmente
esa perfección de Dios, y en el Salmo 135 se repite como un estribillo
en cada verso: “porque es eterna Su Misericordia.”
En toda la Sagrada Escritura se encuentran
más de 400 fragmentos donde se glorifica directamente la Misericordia
Divina, en el Libro de los Salmos son 130. Muchos más fragmentos cantan
indirectamente la Misericordia Divina. El salmista hablando de la Misericordia
Divina no se complace con la palabra “misericordioso”,
sino utiliza toda una lista de sinónimos, como si se quisiera fortalecer
nuestra convicción de lo infinita que es la Misericordia Divina.
¡A quién no le sorprenderá la abundancia
de las expresiones sobre la Misericordia Divina en la Sagrada Escritura
! ¿Quién no preguntará por qué el Autor inspirado lo hace? Vemos
en esto el deseo de Dios de darle a la gente Su Misericordia y despertar
la confianza en ellos. Dios desea enseñarnos sobre Su vida interior,
sobre Su actitud hacia las criaturas, particularmente hacia la gente.
Dios desea ser adorado por nosotros en la Misericordia, para que Le
imitemos en las obras” (Tomo I, p. 5-16)
“El amor de Jesucristo hacia nosotros es divino
y humano a la vez, ya que Él tiene una naturaleza y una voluntad divina
y humana. Por eso el Santísimo Corazón del Salvador lo podemos tomar
por el símbolo de Su triple amor hacia nosotros: divino, humano espiritual
y humano sentimental. Sin embargo, este corazón no es una imagen formal,
es decir una señal, sino es como su huella. (...) Ya que ninguna
imagen creada es capaz de presentar el quid del infinito amor misericordioso,
como lo expresa Pío XII en su encíclica “Haurietis
aquas” de 15 de mayo de 1956.
En el culto del Santísimo Corazón de Jesús
adoramos sobre todo el amor humano de Jesús al género humano, junto
a Su amor divino a nosotros, que, como el amor a la miseria, es la Misericordia
Divina. En ese culto pues adoramos sólo una huella de la Misericordia
Divina, que sólo está relacionada a esa devoción. En el culto de la
Misericordia Divina un objeto material más cercano es la sangre y el
agua del costado del Salvador abierto en la cruz. Son el símbolo de
la Iglesia.
(...) La sangre y el agua brotan sin cesar
en la iglesia en forma de gracias que limpian el alma (en el Sacramento
del Bautismo y de la Penitencia) y que son vivificadoras (en el Sacramento
del Altar), y su autor es el Espíritu Santo, que el Salvador había otorgado
a los Apóstoles. (...) El objeto formal
de este culto, es decir su motivo, es la infinita Misericordia del Padre,
Hijo y del Espíritu Santo para el hombre caído.
Es el amor de Dios al género humano en un sentido más amplio, pues no
es amor por la predilección por la perfección, sino el amor compasivo
por la miseria…
(...) De lo dicho resulta que el culto a la
Misericordia Divina es la lógica consecuencia
de la devoción al Corazón de Jesús con el cual había estado relacionado,
pero ahora está aparte y no se identifica con él, pues tiene otro objeto
material y formal y totalmente otro objetivo: se refiere a las tres
Divinas Personas de la Santísima Trinidad y no sólo a la Segunda como
aquel, y se corresponde más al estado psíquico del hombre de hoy, al
que le hace falta la confianza en Dios. JESÚS EN TI CONFÍO,
y por Ti confío en el Padre y en el Espíritu Santo” (Tomo II, p. 204-205).
“La devoción a la Misericordia Divina – a la
misericordia con la que nos obsequia Dios en el Sacramento de la Penitencia-
pertenece a los cultos que corresponden a todas las almas. Pues tiende
a adorar el Misericordioso Salvador no en algún específico estado o
misterio Suyo, sino en Su misericordia universal, en la que todos los
misterios encuentran la explicación más profunda. Y aunque esa devoción
es claramente un culto aparte, contiene en sí algo universal. Pues nuestro
homenaje se dirige a la adorada Persona de Dios Hombre.
Lo expresa la jaculatoria: JESÚS EN TI CONFÍO,
que inspira en el hombre la conciencia de su miseria y pecaminosidad y
la virtud de la confianza que es la base de nuestra justificación” (Tomo
II, p. 263).
LA CONFIANZA
”Un factor decisivo para recibir la misericordia
de Dios es la confianza.
La confianza significa esperar ayuda de
alguien. No constituye una virtud individual, sino es una condición
necesaria de la virtud de la esperanza y la parte integrante de la virtud
de la valentía y de la magnanimidad. Ya que la confianza deriva de la
fe, aumenta la esperanza y el amor, y además, en ese u otro modo está
relacionada con las virtudes morales, por eso se la pude llamar la base
en la que las virtudes teológicas se unen con las morales. Las virtudes
morales de las naturales se convierten en sobrenaturales, siempre cuando
las practiquemos confiando en la ayuda de Dios.
La confianza natural, o sea esperar ayuda humana-
es el fundamento de la vida del hombre. Recordemos por lo menos el cerco
de Zbaraz, Chocim (Polonia) y otros sitios fortificados, dónde los asediados
aguantaron con heroica perseverancia los ataques del enemigo más horrendos,
soportando todo tipo de penurias, porque estaban esperando un relevo
y una liberación. Pero tener esperanzas de ayuda humana a menudo falla.
En cambio, él que confía en Dios, nunca será decepcionado. “pero la
piedad cercará al que se confía a Yahvé” (Sal 31, 10).
(...) en Su discurso de despedida tras la Ultima
Cena, Jesús, al dar los últimos encargos y anunciar a los Apóstoles
el sufrimiento que les esperaba por Su nombre, indica la confianza,
como una condición indispensable para aguantar y ganarse la ayuda de
la Misericordia Divina. “En el mundo tendréis que sufrir; pero tened
valor, pues yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Son las últimas palabras
del Salvador antes de la Pasión, que había anotado su querido Apóstol,
queriendo recordar a todos creyentes, hasta el fin de los tiempos, que
necesaria es la confianza, no sólo recomendada, sino mandada por el
Salvador.
¿Por qué Dios aconseja tanto la confianza?
Porque ella es el homenaje a la Misericordia Divina. El que confía en
la ayuda de Dios, confiesa que Él es omnipotente y bueno y que puede
y que quiere ayudarnos, que es, ante todo, misericordioso. “Jesús le
dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno” (Mr,
10, 18).
Tenemos que reconocer a Dios en la verdad,
ya que un falso conocimiento de Dios, enfría nuestra actitud hacia Él
y estorba las gracias de Su misericordia.
(...) Nuestra vida espiritual depende generalmente
de los conceptos de Dios que nos hagamos. Existen entre nosotros y Dios
las relaciones fundamentales que se derivan de nuestra naturaleza creada,
pero hay también relaciones que se derivan de nuestra actitud hacia
Dios, lo cual, depende de nuestros conceptos sobre Él. Si nos creamos
conceptos falsos sobre El Señor Altísimo, nuestras relaciones
con Él serán erróneas, y nuestros esfuerzos para repararlas - vanos.
Si tenemos un concepto superficial de Él, en nuestra vida espiritual
habrá muchas carencias e imperfecciones. Y si el concepto es verdadero,
según las posibilidades humanas, nuestra alma, con toda seguridad se
desarrollará en santidad y en la luz.
Así pues, el concepto de Dios es una clave
para la santidad, ya que determina nuestra actitud hacia Dios y también
la de Dios hacia nosotros. Dios nos adoptó por Sus propios hijos, pero,
desgraciadamente en la práctica no nos comportamos como hijos: el ser
hijo de Dios suele ser solamente una expresión y en la vida no mostramos
la confianza de niño hacia el Padre tan bueno. (...) La
falta de confianza dificulta a Dios darnos beneficios, es como una nube
oscura que frena la actividad de rayos del sol, como un dique que estorba
el acceso del agua de un arroyo.
(...) Nada da a la omnipotencia Divina tanta gloria
como hacer omnipotentes a los que en Él confían. Pero para que nuestra
confianza nunca falle, ha de distinguirse de ciertas cualidades señaladas
por el mismo Rey de Misericordia . (...) Por consideración a Dios la
confianza ha de ser sobrenatural, completa, pura, fuerte y resistente.
Sobre todo la confianza ha de salir de la gracia y basarse en Dios.
(...) Confiando en Dios no se puede confiar demasiado
en sí mismo, en los propios talentos, en el juicio propio y en la propia
fuerza, porque entonces Dios negará la ayuda y nos dejará convencernos
de nuestra ineptitud de la propia experiencia. En los asuntos divinos
deberíamos tener miedo de nosotros mismos y estar convencidos de que
el hombre por sí solo, unicamente podrá deformar y hasta destruir los
planes Divinos.
(...) Confiando en Dios no nos basamos solamente
en los medios humanos, ya que en este mundo, las mayores fuerzas no
ayudarán si Dios mismo no apoya, no fortalece, no conforta, no enseña,
no protege. Aunque hay que elegir los medios que pensemos necesarios,
no se puede basar solamente en ellos, pero hay que poner toda la confianza
en Dios. La confianza tiene que ocupar el medio justo entre el quietismo
y la excesiva actividad. Los partidarios de la última sufren una inquietud
incesante, porque en su actividad confían solamente en si mismos. Y
la confianza en Dios motiva a poner empeño en el trabajo en las
cosas más pequeñas, y a la vez, protege del desasosiego de la
gente excesivamente activa. Sin embargo, sería pereza contar solamente
con Dios sin ser fiel a nuestras obligaciones.
La confianza en Dios tiene que ser fuerte y perseverante,
sin dudas ni debilidades. Abraham esa confianza, cuando iba a ofrecer
a su hijo. Una confianza así la tenían los mártires. En cambio a los
Apóstoles les faltó esa virtud durante la tormenta y por eso Jesús les
reprochó: “¿Por qué tanto miedo?
¡Tenéis muy poca fe!” (Mt, 8, 26).
Teniendo una confianza fuerte, hay que evitar la
pusilanimidad y la temeridad.
La pusilanimidad es la peor de las tentaciones, ya que, en cuanto perdamos
la valentía de progresar en el bien, pronto caemos en el abismo de malas
acciones.
Y la temeridad expone a peligro (por ejemplo, una ocasión para pecar)
si esperamos de que Dios nos salve. Es tentar a Dios, lo cual suele
terminar trágicamente para los que tentan.
Para nosotros la confianza debería acompañar al temor, que es
la consecuencia de conocer nuestra miseria. Sin temor, la confianza
se hace arrogancia y el temor sin la confianza, pusilanimidad. El temor
acompañado por la confianza se hace humilde y valiente
y la confianza con el temor se hace fuerte y modesta.
Para que un bote de vela navegue
hace falta el viento y cierto peso que la sumerja en el agua para que
no se tumbe. Igual nosotros, necesitamos el viento de la confianza y
el peso del temor. “El Señor ama
a los que Lo temen y a los que esperan en su misericordia.” (Sal 146,
11).
La confianza debe ser acompañada por el anhelo,
o sea el deseo de ver las promesas Divinas y de unirnos a nuestro amado
Salvador. (...) El ansia de Dios debe estar de acuerdo con la voluntad
de Dios, tiene que ser muy humilde, tanto en el sentimiento como en
la voluntad que ha de animarnos al trabajo constante y a nuestro ofrecimiento
completo a Dios. Sin embargo, el anhelo confiado debe basarse en una
penitencia sincera por los pecados, de otro modo, sería una ilusión.
“Pero el Señor cubrirá con su amor
al que confía en El” (Sal 31, 10).
Cuando un barco en una tormenta desenfrenada pierde
palo, cuerda y timón, y las olas espumosas lo empujan hacia las rocas
en las que puede estrellarse, los marineros espantados, como último
recurso, bajan el ancla para que el barco se pare y se salve. El ancla
es, para nosotros, la confianza en la ayuda Divina.
(...) “Bendito el hombre que confía en el Señor
y en El tiene puesta su confianza! Es como árbol plantado al borde de
las aguas que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando
llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en
un año de sequía y nunca deja de dar fruto” (Jer, 17, 7-8).
Sobre todo, la confianza es el homenaje rendido
a la Misericordia Divina que da fuerza y valor al que confía, para vencer
las mayores dificultades.
(...) La confianza en Dios elimina toda tristeza y depresión y
llena el alma con gran alegría, hasta en las condiciones de vida más
difíciles.
(...) La confianza hace milagros, ya que tiene a su servicio la omnipotencia
Divina.
(...) La confianza da la paz interior que el mundo no puede ofrecer.
La confianza abre paso a todas las virtudes.
Existe una leyenda que cuenta cómo todas las virtudes
decidieron abandonar la tierra, manchada de muchas acciones malas, y
volver a la patria celestial. Cuando se acercaron a las puertas del
Cielo, el portero admitió todas, excepto la confianza para que la pobre
gente en la tierra no caiga en una desesperación entre todas las tentaciones
y sufrimientos. En vista de ello, la confianza tuvo que volver y tras
ella volvieron las demás virtudes.
Particularmente la confianza consuela al hombre agonizante que en el
último momento se acuerda de todos los pecados de toda la vida, lo cual
lo lleva a la desesperación. Pues a los agonizantes hay que darles los
actos de confianza necesarios, hay que enseñarles la madre patria
cercana, donde el Rey de la Misericordia espera con alegría a los que
confían en Su misericordia.
La confianza asegura una recompensa tras la muerte
como lo demuestran muchos ejemplos de los Santos. Particularmente Dimas-
el criminal agonizante en la cruz, junto a Jesús, se dirigió a Él con
confianza en el último momento de su vida y oyó la dichosa aseguración:
“En verdad te digo que hoy estarás conmigo
en el paraíso.”
(...) “Así habla el Señor: ¡Maldito
el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras
su corazón se aparta del Señor! Él es como un matorral en la
estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto,
en una tierra salobre e inhóspita” (Jer 17, 5-6).
Es la imagen del mundo de hoy, tan confiado en sí
mismo, en su sabiduría, en su fuerza, en sus inventos que, en vez de
hacerle feliz, le inspiran miedo de autodestrucción. Sin duda los inventos
son una cosa buena y de acuerdo con la voluntad de Dios que dijo: “Procread
y multiplicaos y henchid la tierra, sometedla...” (Gén 1, 28),
pero no se puede confiar solamente en la mente, olvidándose del Creador,
del culto y de la confianza que se le debe a Él.
(...) La desconfianza de la gente hacia Dios es un
malentendido absurdo y sin base.
Se deriva de trasladar nuestras propias debilidades y errores a Dios
y de atribuirleLe lo que vemos en nosotros mismos. Nos imaginamos a
Dios variable, caprichoso, como nosotros- severo y preocupado como nosotros:
Pues pensando y actuando así, insultamos a Dios y nos hacemos un gran
daño a nosotros mismos. ¿Dónde estaríamos nosotros ahora
si El que dirige nuestro destino fuera tan caprichoso, vengativo, enojado
como nos lo imaginamos a menudo? La causa de nuestro erróneo concepto
de Dios y de atribuirle nuestras faltas es la consecuencia de nuestra
propia debilidad y tristeza, el miedo constante y la inquietud interior
que reinan casi en el mundo entero.
La confianza se la puede comparar con una cadena
colgante del cielo a la que sujetamos nuestras almas. La mano de Dios
levanta la cadena y se lleva a los que están agarrados fuertemente a
ella. (...) Sujetemos pues esa cadena en la oración como el ciego de
Jericó, que, sentado en el camino, llamó con perseverancia: “¡Jesús,
Hijo de David, ten misericordia de mí!” Confiemos en Dios en las necesidades
terrenales y eternas, en sufrimientos, peligros y desamparos. Confiemos
incluso cuando nos parece que Dios nos ha dejado, cuando nos niega Sus
consuelos,
cuando no nos escucha, cuando nos agobia con la pesada cruz.
Es cuando hay que confiar en Dios más, porque es el tiempo de prueba,
de experiencia por las que debe pasar cada alma.
Espíritu Santo, dame la gracia de la confianza
inquebrantable por los méritos
de Jesús y de la confianza temerosa por mi debilidad.
Cuando la pobreza llame a mi puerta:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando me afecte una enfermedad o me toque una discapacidad:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando el mundo me rechace y me persiga el odio:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando una falsa acusación me manche y me harten de amargura:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Cuando me abandonen mis amigos y me hieran con palabras y acciones:
JESÚS EN TI CONFÍO.
Espíritu de amor y misericordia,
sé mi refugio, mi dulce consuelo, dichosa esperanza, para que en las
circunstancias más difíciles, no deje de confiar en Ti”
(Tomo III, p. 189-200).
La virtud de la misericordia es el lazo de
unión entre la gente, la madre vigilante
que a todos los que sufren salva y consuele, es una imagen de la Providencia
Divina,
ya que tiene los ojos abiertos a las necesidades de todos, es sobre
todo, el reflejo de
la misericordia Divina, como dijo el Salvador: “Sed
misericordiosos como vuestro padre es misericordioso” (Lc 6, 36).
Debemos comprender
que esa virtud no es nos solamente recomendada, sino que es un estricto
deber de todo cristiano. Mucha gente tiene un concepto erróneo sobre
la virtud de la misericordia, piensan que, cumpliendo actos misericordiosos
hacen sacrificio y realizan la gracia que depende de su voluntad y de
su buen corazón.
Pero es totalmente lo contrario. La virtud de la misericordia no es
sólo un consejo
que se puede aprovechar o ignorarlo sin pecado; es una ley estricta
y un deber.
De su cumplimiento nadie se puede liberar. Esto se deriva de la Sagrada
Escritura,
de la voz de la mente, de la relación de nuestra hermandad.
Ya en el Antiguo Testamento esa virtud obligaba
rigurosamente a todos. Leemos en los libros de Moisés: “Es
verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre
generosamente tu mano al pobre, al hermano indigente que vive en tu
tierra.” (Dt 15, 11).
(...) Hasta más, el deber de la misericordia
nos lo impone el Salvador. Describiendo
el Juicio Final pone en la boca del juez la siguiente sentencia: “Aléjaos
de de mí, malditos; id al fuego eterno que está preparado para el diablo
y sus ángeles”
(Mt 25, 41).
(...) Y como el único motivo menciona la falta
de las actos de misericordia hacia los prójimos.
“Pues tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed, y no me
disteis de beber; estaba de paso, y no me disteis alojamiento, desnudo,
y no me vististeis; enfermo y preso, y no me vinisteis a visitar (...)
En verdad os digo, que todo lo que no hicisteis por una de estas personas,
por humildes que sean, tampoco por mí lo hicisteis” (Mt 25, 42- 45).
Después de las palabras de Jesús probablemente no
hay que demostrar que la virtud de la misericordia es una rigurosa obligación,
porque Dios justo no puede castigar por lo que no había sido dictado.
(...) Los innumerables fragmentos de la Sagrada Escritura
hablan del premio terrenal por la misericordia demostrada al prójimo
“El que se apiada del pobre presta al Señor, y él le devolverá
el bien que hizo.” (Prov. 19, 17).
(...) y más bendición y gracias promete Jesús a los misericordiosos:
“Dad a otros, y Dios os dará a vosotros.
(...) Dios usará con vosotros la misma medida que vosotros uséis con
otros” (Lc 6, 38).
(...) El pago por la misericordia no se termina con
las cosas terrestres. Cien veces más valiosos son los bienes espirituales
con los que Dios recompensa esta virtud, todas ellas se encierran en
una expresión: el perdón y la gracia de Dios. Es el bien mayor, el tesoro
más preciado, la perla más preciosa que se puede encontrar fácilmente,
practicando la virtud de misericordia hacia los prójimos. Si alguien
tuvo la mala suerte de aflojar su fe y yerra por la vida como un ciego,
que sea misericordioso y en ese camino seguro que encontrará la luz
celeste perdida. Y si alguien todavía no ha llegado a conocer la misericordia
Divina y por eso no puede imitarla, que empiece con la práctica de la
misericordia hacia los prójimos y seguro que se cumplirán en él las
palabras del Salvador: “Felices los misericordiosos,
porque obtendrán misericordia.” (Mt 5, 7).
(...) La virtud de la misericordia nos consigue las
gracias y la luz, nos limpia de pecados, dirigiéndonos al Sacramento
de la Penitencia, salva el alma de la muerte, o sea de la condenación
eterna, como dice la Sagrada Escritura:
“pues la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas”
(Tob 4, 11).
(...) Para recibir el premio eterno por
las actos misericordiosos deben cumplir unas condiciones, es decir:
hay que cumplirlas con intención pura, de buena gana, sin cesar y sin
mirar a quien las hacemos.
(...) ¡Qué honor tan grande sustituir a Dios
en la tierra haciendo Su misericordia y sacar a los hermanos de la miseria
y eliminar sus carencias físicas o morales!
(...) ¡Qué felicidad para nosotros que Dios nos permite tan fácilmente
expiar los pecados y merecer la recompensa eterna!”